Anoche terminé de leer la última novela de Isabel Allende, «Mujeres del alma mía», una maravillosa historia de feminismo y vida.

Después de un largo periodo de desconexión con mi escritora favorita y autora de la que más obras he leído, enero de 2021 me ha traído el maravilloso regalo de reencontrarme con ella a través de estas páginas.

Ha sido un reencuentro amable, lleno de complicidad y de magia.

Sus obras me inspiraron en mi juventud, pero creo que dejé de leerlas porque también me dolieron mucho. Esto tiene una explicación y es que siempre he escrito y he querido ser escritora, desde muy pequeña. Desde que recuerdo.

Pero esta es la primera vez que lo digo en voz alta.

Devoré muchos libros, incluidos los suyos, que a la vez que me inspiraron, también me mostraron una realidad que me hacía sufrir. Yo creo que por eso leí sus obras y, por el mismo motivo, dejé de leerlas, porque, aunque lo deseaba con toda mi alma, yo tenía la creencia de que no sería capaz de crear personajes como los que ella creaba ni tampoco de narrar sus historias de la forma sencilla pero impactante en que ella lo hacía.

Por el contrario, tenía la creencia (y digo tenía porque ya no la tengo y es algo que pertenece a la porción de «cosas buenas» que me han pasado en 2020 y que agradezco infinitamente) de que para escribir buenas novelas o historias necesitaba vivir muchas aventuras, viajar, conocer a personas intrépidas y tener una vida apasionante.

Nada más lejos de la realidad…

Hasta ahora. Porque mi creencia ahora es que el viaje más increíble que tenía que hacer era hacia dentro, hacia el mismo centro de mi existencia, y con eso tengo material más que suficiente para empezar a escribir las más trepidantes y apasionadas historias. 

Tanto tiempo buscando fuera y creyendo que no podía…

Digo que reencontrarme con Isabel Allende en este momento de mi vida ha sido un regalo mágico, porque por fin he podido descubrir otra cara del contrato subconsciente que había firmado conmigo misma, aquel de no poder conseguir las cosas importantes, aquellas por las que merece la pena vivir.

Escribir ha sido una de esas cosas que no me he permitido, seguramente por fidelidad a mi clan, por mis creencias limitantes, por mis bloqueos emocionales de infancia y por un largo etcétera de traumas psicológicos y conexiones neuronales estructurales, muy mal conectadas por cierto.

Escribir es una de mis pasiones y también uno de mis talentos natos, al igual que la pintura, la empatía, la alta capacidad de aprendizaje, la conexión espiritual y otras muchas  cosas que no he hecho más que negar y reprimir durante toda mi vida.

Y ha llegado el día, que es justo hoy, después de una sucesión de sincronías y de acontecimientos que han culminado con la lectura de esta obra, en el que puedo afirmar que estoy más que harta de bucear bajo la superficie para explorar ese famoso 90% del puto iceberg, que está sumergido en las profundidades de la sombra más oscura de mi inconsciente.

Hace pocos días, un hombre al que quiero mucho y me cabrea a veces a partes iguales, pero al que considero un verdadero amigo, me dijo que cuando yo escribo es como si pintara con las palabras.

Y su afirmación me impactó. Ya te digo que me impactó. Me impactó tanto que tuve que guardarla en el cajón de las cosas importantes para gestionar emocionalmente cuando esté preparada”.

Hoy he estado preparada.

Nunca sabes de donde te va a venir la información que necesitas en un preciso instante para darte cuenta de aquello que es importante y no estabas viendo o entendiendo. Esa es la verdadera magia.

Últimamente la necesidad imperiosa de expresarme y de crear nuevas conexiones neuronales más amables en mi cerebro, me ha llevado a escribir bastante, permitiendo que este don empiece a hacerse visible por fin. Pero esto también me me ha expuesto mucho. Me ha hecho mostrar mi vulnerabilidad.

He de reconocer que al principio me dio miedo y la primera reacción fue la de replegarme y esconderme de nuevo bajo las faldas del victimismo y de la tragedia. Pero, pasado un tiempo, con la distancia y el acontecer de la vida en su expresión máxima de dramático realismo, he podido comprender que esa vulnerabilidad es, en realidad, un regalo, porque no hay nada mejor que escribir y provocar reacciones, sean de la índole que sean.

Y es que tengo alma de artista. No puedo seguir negándolo ni mirando hacia otro lado, aunque seguramente nadie en mi familia crea que se puede vivir del arte. Ni siquiera yo misma lo he creído hasta ahora…

Pero la realidad es que mi alma solo vibra y experimenta la felicidad cuando estoy creando y en contacto con el arte, con mis pinceles, con la belleza, con lo sutil, con la fuerza de las palabras que pintan y con todo lo que de una forma u otra tiene el poder de inspirar e impactar en los corazones.

Sí, soy pintora y también soy escritora y soy una PAS (Persona Altamente Sensible) que ya está harta de que la realidad duela tanto. Soy una PAS que está harta de hacerse la dura. No es mi naturaleza y esa lucha interior conmigo misma ha estado a punto de volverme loca.

La cosa va así: huí de lo que más me dolía, de mi familia y de la versión de mí que había creado para agradarles y encajar. Huí para refugiarme en mi interior, para poder descubrir quién era de verdad. Y ahora que me he descubierto no sé cómo compartirme de nuevo con el mundo, porque he creado una barrera invisible que me aísla de todo lo que creo que me hará daño.  Pero así no se puede vivir plenamente. No era VIVIR antes y no lo es ahora.

Parece una tragicomedia barata.

“I love cheap thrills”… Cuántas veces habré escuchado y cantado esta canción a grito pelado, creyendo que me daba subidón (positivo, se entiende).

Seguramente mi alma la eligió para que pudiera hacerme consciente de que debía soltar el drama y dejar de estar atrapada en el pasado y en lo que no pudo ser. Pero como a veces soy un poco dura de mollera, hice lo contrario: la he llevado por bandera durante años, sin ser consciente del inmenso poder que tienen las palabras, más si van unidas a la música.

Así me ha ido…

Pero como dicen que nunca es tarde o que más vale tarde que nunca, aquí estoy hoy, soltando el drama y eligiendo lo que de verdad soy y tengo para compartir desde el corazón con el mundo.

Podría decir que es mi última apuesta, pero a estas alturas de mi vida sé que, aunque fracasara de nuevo, jamás me voy a rendir, porque el fracaso no existe en realidad, ni los errores, solo los pasos para llegar hasta donde quiero.

Y el truco está en trabajar siempre para ser la mejor versión de mí misma que pueda en cada momento. Y en cada momento desearé crear lo que sea más importante para mí, en base a mis circunstancias, mis creencias y lo que previamente haya creado y me haya llevado hasta ese punto. Y además sé que todo estará bien. Todo será perfecto, porque habré dado lo mejor de mí que podía dar en ese momento.

Así arranca 2021, con el firme propósito de escribir y publicar mi tan soñada primera novela, como uno de mis principales objetivos. Sé que esto sí voy conseguirlo, porque en mi imaginación ya la he visualizado y la he creado. He visto la portada y el título. He visto la trama, los personajes y la obra publicada. He visto a los lectores con ella entre sus manos. He olido su perfume a libro nuevo y he podido acariciar sus páginas. También he visto las ilustraciones pintadas por mí que decorarán algunas de sus hojas…

La creé hace años y ha estado esperando por mí durante todo este tiempo. Por eso estoy segura de que se materializará, porque es un deseo de mi alma.

No sé cuando sucederá ni cómo se producirá, pero tengo mucha curiosidad y mucha ilusión por averiguarlo.

Nota: El dibujo que ilustra el post junto con el libro de Isabel Allende está realizado con lápices de colores sobre cartulina y, aunque es un dibujo muy sencillo, ha sido clave en todo este proceso, ya que ha afianzado en mi interior la energía de la confianza y del creer en mí y en lo que soy.

 

Feliz vida

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