¿Qué pasaría si un día te miraras al espejo y, de repente, te dieras cuenta de que no te reconoces? ¿Te imaginas cómo reaccionarías, qué sentirías? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

Es raro, lo sé, pero estas cosas a veces ocurren… A mí me ocurrió y puedo asegurar que hubo un antes y un después de ese instante de caos y certeza absoluta. La necesidad de encontrarme y de encontrar los cientos, o tal vez miles de respuestas que necesitaba, se hizo imparable. Ya no hubo vuelta atrás.

Este relato recoge la maravillosa experiencia de cómo el destino permitió que un día, por fin, pudiera asomarme a mis verdaderos ojos y comenzar el viaje más alucinante de mi vida, el viaje hacia mi interior.

“La mujer del espejo”

Hubo un tiempo en que me miraba al espejo con mirada ausente y vacía y no lograba ver nada, solamente un reflejo tenue de una figura humana borrosa, desdibujada, como el dibujo que acabas de pintar y sobre el que, con muy mala suerte, se derrama un vaso de agua.

Hubo un tiempo en que me teñía el pelo a mí misma, cubriendo y ocultando mis errores, mis culpas, mis dudas, mis penas y mis canas, con las manos inexpertas de quien se ve obligada a realizar un trabajo desagradable, porque no hay nadie más para realizarlo.

Hubo un tiempo en el que, a veces, poseída por un estado de locura pasajera, o permanente, o cordura vista del revés, la verdad es que no sabría muy bien en este momento como etiquetar aquel estado, porque cualquiera de las opciones podría ser válida… hubo un tiempo en el que sentía que estaba viviendo una vida que no me pertenecía. Hubo un tiempo en que quería ser otra persona, esa persona, que yo intuía que habitaba dentro de mí y que quería vivir una vida distinta a la que yo estaba viviendo.

Hubo un tiempo en que tenía pesadillas, en las que era diferentes personas a la vez y oía voces, voces interiores que me gritaban y me confundían, porque no era capaz de identificar quién hablaba. Hubo un tiempo en el que hacía teatro, porque era la única forma de permitir que toda esa gente que quería decirme algo, pudiera hacerlo. Pero ni siquiera eso funcionaba, porque hablaban en un idioma que yo no lograba entender.

Hubo un tiempo en el que nada era suficiente. No había ningún consuelo, nadie me miraba, nadie me quería, nadie me ayudaba, nadie me podía identificar, nadie me valoraba, nadie se preocupaba por mí, nadie me sentía, nadie me ignoraba siquiera, nadie… ni siquiera yo… Bueno, alguien sí sentía algo por mí, él sí podía verme, y ella, a su modo, supongo que también.

Y hubo un día en que me miré de nuevo al espejo, tal vez justo al levantarme e ir al baño, o quizá justo antes de acostarme, mientras me cepillaba los dientes, o puede que fuera en cualquier momento del día, al pasar por casualidad delante de un espejo, situado en cualquier ascensor de cualquier edificio. Ese día, al mirarme con la misma fascinación y atracción fatal, que siempre me ha impulsado a mirar mi imagen reflejada en cualquier cristal capaz de reflejarla, sin ninguna posibilidad de no hacerlo, ese día me miré, pero en seguida me di cuenta de que algo había cambiado. Ya no vi un borrón desdibujado y sin forma, sino que vi la imagen de un ser humano, de género femenino, de pelo corto y rizado y de grandes ojos verdes tristes y ausentes. Y vi un rostro en el que, por primera vez, advertí que había ciertas manchas, que seguramente no hacía mucho tiempo que estaban ahí, o sí… No lo sé. Sin embargo, me angustió la idea de no haberlas visto antes, la verdad. Las acaricié con cierto temor, y noté que tenían un poco de textura, y eso hizo que el pulso se me acelerara y tuviera una intensa sensación de mareo, como si el suelo, de repente, se estuviera abriendo bajo mis pies; pero lo que más me angustió, justo en ese instante compuesto por décimas de segundo, hasta casi hacerme vomitar por la intensidad de las emociones, que me agitaron por dentro como la mezcla de líquidos que es agitada con fuerza dentro de una coctelera, fue no reconocer en absoluto a quien me estaba mirando de frente, con esos ojos verdes, ahora muy abiertos, espantados casi. Me miraba con verdadero horror, porque esa mujer, sin ninguna duda, tampoco me reconocía.

Y fue en ese momento cuando sentí lo que imagino debe ser lo más parecido a los segundos antes de que la muerte te coja de la mano para acompañarte hacia la siguiente etapa de tu viaje. Sentí que, en realidad, es como si ya hubiera muerto o como si nunca hubiera estado viva. La persona a este lado del espejo no existía, como mucho quizá pudiera ser el personaje de alguna obra de teatro, de aquellas que hice alguna vez; la que estaba viva era la que me miraba horrorizada al otro lado del espejo, atrapada en su cárcel de reflejos, en una dimensión paralela.

Y entonces algo se rompió. No sé qué ocurrió exactamente, pero, al hacer consciente el hecho de no reconocerla, algo estalló en mil pedazos, destrozando el cristal del espejo. La mujer que me miraba desde el otro lado comenzó a llorar de pronto y, en sus ojos inundados de lágrimas, pude ver una pequeña chispa, justo un instante antes de que el cristal se hiera añicos. Entendí que, de algún modo, en realidad lloraba de alegría. Sus grandes ojos verdes demostraban entre lágrimas que, de alguna forma, se habían dado cuenta de que, por una vez, yo los había visto, que no todo estaba perdido, como creían, porque, al fin, tal vez fueran liberados de su prisión.

Fue un momento tan extraño… muy duro, pero no menos mágico e intenso. Emociones elevadas a su máxima potencia, emociones desconocidas hasta ese momento, emociones encontradas, emociones sinceras, emociones que empezaron a iluminar rincones, a los que jamás pensé que pudiera llegar ni un rayo de luz, rincones perdidos y sombríos hasta entonces. Un torrente de preguntas sin respuesta desbordó mi razón de inmediato y arrasó con la poca cordura que me quedaba, pero la pregunta que predominaba sobre todas era, sin ningún lugar a dudas: ¿Quién demonios era la mujer del espejo?

¡Qué momento devastador! Todo a mi alrededor se tambaleó hasta hacerme dudar de todo cuanto había conocido hasta entonces. Mi vida entera pasó justo entre mis ojos y los ojos de ella… Mi vida… Nuestra vida… Nada tenía sentido y todo parecía cobrar sentido de repente.

Fue entonces cuando comenzó el tiempo de lo que yo llamé los “despertares”. Fueron pequeños y grandes despertares, despertares dolorosos unos, despertares felices otros, todos caras opuestas de la misma moneda, moneda de cambio en la que se había convertido mi vida, y que, en algún momento, sin darme apenas cuenta, había dejado de pertenecerme.

Ahora sé que ese fue el principio de mi verdadera existencia. Fue como un renacimiento angustioso y consciente, que me hizo chocarme de frente con la vida sin estar preparada aún. Creo que mi primer nacimiento debió ser muy parecido; tampoco estaba preparada y, por eso, tardé unos 20 días más de lo previsto en salir de mi pequeño refugio. Aguanté allí, sin tener ya apenas espacio para moverme, casi sin respirar para que nadie advirtiera mi presencia, en estado  de hibernación, hasta que no pude más, hasta que el miedo a morir allí, ahogada entre aquellas angostas paredes de líquido amniótico, sangre, fluidos, hormonas y nutrientes, fue más grande que el miedo a enfrentarme a todo el sufrimiento que sabía que me esperaba fuera.

Reconozco que fui muy, muy cobarde y que casi me arrepentí de haber venido, antes siquiera de llegar. No sé de dónde saqué el coraje, la verdad, pero creo que intuí que, tras el sufrimiento previsto hasta mi renacer, tal vez pudiera, al fin, alcanzar el estado ideal del ser, el estado de abundancia, sabiduría y felicidad, que todas las almas ansían.

O tal vez de alguna manera supe que todo ese miedo a la vida, esa angustia, ese falta de vida y ese sufrimiento en realidad no eran míos…

Fue ese deseo de alcanzar el estado perfecto y la certeza de que tenía que pasar la que quizá fuera una de mis últimas estancias aquí, lo que me hizo, por fin, empujar con todas mis fuerzas para deslizarme una vez más hacia la vida mortal.

Sí, mi renacer no fue muy diferente, salvo por el hecho de que ahora empezaba a ser consciente, y esa consciencia, que se ha ido engrandeciendo en el transcurso de estos últimos años, ha sido la que me ha permitido ser conocedora de toda esta información. Es la que me ha permitido acceder a todo el conocimiento ancestral adquirido en mis anteriores vidas. Gracias a la consciencia plena he podido hablar con todas las mujeres que he sido, he podido escucharlas, entenderlas, abrazarlas, aprender de ellas, fundirme con todas ellas y crecer hasta ser una sola, para así poder avanzar hacia la que, tal vez, sea la última etapa de evolución de mi vida inmortal.

Cuando pienso en ello aún me abruma la fuerza mis emociones y la energía que me envuelve. Por fin sé que la mujer del espejo es la suma de todas las mujeres pasadas, es decir, soy yo en mi esencia más pura. Y ya no estoy atrapada dentro de la cárcel, que hasta hace poco fue mi razón, ya no estoy atrapada dentro de emociones no sentidas ni de rabia contenida durante cientos, o tal vez, miles de años. Ya no estoy atrapada en la incertidumbre de no saber, ni en el odio, ni en la venganza. El aceptar mi esencia en toda su plenitud, por fin me ha permitido liberarme y sentirme en paz.

Hace ya unos años que inicié el camino del despertar y comencé a andar y andar, paso sobre paso, despacio, sin prisa, pero con pisada firme, con la seguridad, por primera vez en toda mi existencia, de que, por fin, estaba caminando en la dirección correcta. Todavía alguna vez me asaltan las dudas, porque mi razón intenta adelantarse y encontrar respuestas a preguntas que aún no pueden ser contestadas, ni siquiera formuladas. Entonces siento, por un momento, algo de miedo, miedo a haberme equivocado, o miedo a no poder cumplir mis objetivos. Es entonces, cuando mi yo interior me habla, con esa serenidad adquirida tras cientos de vidas, y que, aún hoy, me sigue fascinando. Me habla y me calma. De inmediato me tranquiliza escuchar su voz universal y sabia, me tranquiliza sentirla dentro de mí, me hipnotiza su poder ancestral y su fuerza arrolladora; y entonces el miedo desaparece, se diluye cual aire que se escapa de un globo al deshincharse. Y sin miedo todo vuelve a fluir, puedo ver las señales, escuchar y sentir de nuevo.

La época de los despertares pasó, luego llegó la de la transformación y ahora estoy en lo que yo llamo, en este momento, la fase de iluminación. Ahora tengo la capacidad de entender todo, de colocar cada pieza del puzle en su sitio, de intuir, de saber y de crecer.

No sé qué etapas nuevas vendrán después, o si esta será la última etapa, más larga, intensa y placentera que ninguna de las hasta ahora vividas, pero de lo que sí estoy segura es de que voy a disfrutarla al máximo, con toda la intensidad que mi cuerpo mortal me permita. Viviré a partir de ahora para empoderar y desarrollar al cien por cien mi esencia femenina, para quererme y mimarme, para crecer y para compartir la sabiduría adquirida con todas aquellas y aquellos que se sientan preparados para saber.

En el camino recorrido hasta ahora ha habido muchos momentos importantes, circunstancias para nada casuales, grandes, y dolorosas la mayoría de ellas, pero que me han llevado siempre a dar el siguiente paso. Unos, sin duda, han marcado un antes y un después, y otros, más modestos en su importancia, han servido solamente como eslabones de esa cadena invisible que ha traído mi existencia hasta el día de hoy. El viaje ha sido tan alucinante y tan esclarecedor, que estoy deseando compartirlo con quien ahora mismo tenga este texto ante sus ojos y esté leyendo mis palabras, nacidas directamente del corazón. Cuando releo lo escrito hasta ahora, me abruma un poco la grandeza del sentido de lo que estoy diciendo. Algunas afirmaciones casi me parecen arrogantes, pero son tan sinceras y están brotando de mis dedos de manera tan fluida y tan natural, que sólo por esto creo que merecen ser escritas. De igual modo sé que serán digna lectura para todas aquellas y aquellos que estén deseosos de transformar su propia existencia.

 

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