Creo que todo proyecto de emprendimiento tiene su origen en un hecho personal importante, en una revelación, en una certeza, en un día en que, de repente, todo cambia, y en una casualidad no tan casual. Todo proyecto personal es una parte de tu ser, una realización, un sueño, una forma de vida… Al menos así siento yo mi propio proyecto y, por supuesto, tiene un origen muy personal y emotivo en uno de esos momentos que te cambian la vida de manera radical.

Este relato recoge uno de esos momentos cruciales que cambió mi existencia para siempre, hasta el punto de dar vida a la semilla de un sueño, que justo en este momento, mientras escribo estas palabras, se está haciendo realidad.

“Carta a Fran”

Agosto de 2015

Mi pequeño Fran, cuánto te echamos de menos. No hay día que no te recordemos y que no lloremos tu ausencia, cada uno a nuestro estilo, cada uno desde lo más profundo de nuestro corazón, cada uno desde nuestro punto de vista y desde lo que significaste para cada uno de nosotros. Es imposible recordar tu cruel partida y no sentir que el corazón se rompe en mil pedazos. Es imposible contener las lágrimas… y, por otro lado, ¿qué sentido tendría querer contenerlas? Ninguno. Tu enfermedad y, al final, tu partida, fue uno de esos momentos que marcaron un antes y un después, no sólo para mí, sino para cada uno de nosotros.

Yo puedo imaginarme lo que significó para todos ellos y ellas, pero solo ellos y ellas lo saben con certeza. Aunque estoy segura de que tu partida provocó emociones terribles que, tal vez, tarden algunas generaciones en ser descubiertas, aceptadas y entendidas, porque fueron sepultadas de inmediato bajo enormes dosis de autogestión del dolor, culpa, resentimiento y rabia, ya que, de otro modo, hubiera sido imposible sobrevivir a tanto sufrimiento.

Como no puedo hablar por boca de los demás, hablaré solamente de mí, de cómo sentí todo lo ocurrido y de cómo me afectó tu partida. Lógicamente pasé todas las fases del duelo y lloré, lloré antes, lloré durante y lloré después, muchísimo. Lloré ríos de lágrimas silenciosas, nacidas del dolor más profundo y cruel que jamás nunca antes había sentido de manera consciente. Aún a día de hoy lloro al recordarte y creo que lo seguiré haciendo hasta el día de mi propia partida. Es simplemente inevitable.

Eres el hijo de mi sobrina mayor. Una sobrina que es como mi hermana, por la poca diferencia de edad y por las circunstancias concretas de nuestra familia. También eres el primer nieto de mi hermana y el primer biznieto de mis padres.

Es curioso, pero hasta poco antes de tu partida, yo siempre te sentí como eso, como un sobrino, e hice que mi hijo te sintiera como un primo hermano. Congeniabais realmente bien y creo que disfrutasteis cada uno de los pocos momentos que pasasteis juntos. Luego llegaron las niñas, mi propia hija y tu prima, y los lazos entre primos siguieron creciendo y fortaleciéndose. Todos primos, sin importar si erais hijos de las sobrinas o de la tía.

Pero mis sentimientos hacia ti empezaron a cambiar un día, ya cuando estabas enfermo y tu partida comenzó a estar más próxima. Yo la intuía. De algún modo, en algún momento, supe que habías venido para quedarte poco tiempo, y que ese tiempo se agotaba rápidamente. No sé cómo ni por qué, de repente, empecé a sentirte como un hijo. Tal vez simplemente empecé a canalizar parte del dolor que estaba sintiendo tu madre. O, quizá, al ser yo misma madre también, sentí el dolor que cualquier madre siente ante la pérdida de un hijo. Pero, escuchando a mi corazón, en realidad hubo un momento en que te sentí como mi primer hijo no nacido. Yo sé que tú me entiendes, aunque es difícil de explicar. Antes de mi primer hijo nacido, yo tuve un aborto. Realmente fue un aborto espontáneo, de apenas unas semanas, pero, aunque por poco tiempo, esa vida latió dentro de mí. El día que te empecé a sentir como hijo, tuve la absurda certeza de que tú fuiste esa primera vida, que por tan poco tiempo acogí en mi interior, pero, por algún motivo que desconozco, cambiaste de opinión y me abandonaste, para volver dos años más tarde a nuestra familia, pero como hijo de ella. Tal vez tenía que ser así, porque tú no tenías que ser mi hijo ni yo tenía que ser la madre que te perdiera después, pero lo cierto es que, justo antes de tu partida, sí que sentí que te estaba perdiendo de nuevo.”

Igual es una locura, pero hace ya algún tiempo que he dejado de juzgarme y de etiquetar mis emociones, tratando sólo de sentirlas y aceptarlas sin hacer demasiadas preguntas, así que simplemente estoy expresando, por primera vez, aquella extraña emoción que provocaste en mí, sin más intención que la de ponerla por escrito. Sin tratar de encontrarle sentido ni de apropiarme de sentimientos ajenos.

Era agosto, creo que hacía poco tiempo que te habías ido, o te fuiste poco después, no estoy segura. En aquel momento aún me faltaba tiempo y llegaba siempre tarde, así que, hasta bastante después, no he empezado a tener algo de control sobre las fechas, los días y los meses del año. Aún a día de hoy me cuesta recordar en qué fecha o momento sucedió esta o aquella cosa. Sinceramente ya he desistido en mi empeño por tratar de recordar fechas, porque creo que mi labor aquí no es la de memorizar momentos por fecha, sino más bien por emociones, así que recuerdo sin ningún lugar a dudas, que, en aquel entonces, aún tenía “despertares” casi a diario, y una de las emociones que gobernaba mi vida era el miedo a la soledad.

Se avecinaba el primer agosto que pasaría entero sin tus primos. Hasta ahora sólo había pasado sin ellos una semana como mucho y, la verdad, no era capaz de soportarlo. No era capaz de estar en casa sin ellos, se me caía encima y, para evitar morir aplastada bajo un montón de escombros emocionales, me escapaba a la calle o a cualquier lugar que pudiera servirme de refugio.

Casi un mes y medio sin ellos me parecía realmente aterrador. Cada vez que intentaba pensar en ello, las articulaciones se me volvían como de mantequilla y el cuerpo dejaba de sostenerme, me entraban sudores fríos, me temblaba el pulso, el corazón amenazaba con estallar dentro de mi pecho y las lágrimas acudían a mares a mis ojos sin pedir permiso, pero la fecha se acercaba y no había muchas opciones. En realidad, sólo había dos: seguir huyendo de la soledad o enfrentarme a ella y tratar de superarla. Acertadamente, y gracias a alguno de mis “despertares”, elegí la segunda. Y la verdad es que jamás hubiera podido imaginar que este hecho provocara uno de los cambios más increíbles en mi vida.

El primer paso fue obligarme a permanecer el mayor tiempo posible en casa. Por lo tanto, prohibidas las compras, salvo si se trataba de comida para subsistir. Y prohibida cualquier visita al centro comercial o a cualquier comercio del tipo que fuera, salvo para cubrir las necesidades imprescindibles. Las quedadas con amigas no supondrían un problema, porque no tenía muchas y sabía que, dadas las fechas, estarían todas de vacaciones. Y como, hasta el día de hoy, no me ha entrado nunca ganas de correr ni de hacer ningún deporte que implique salir a la calle, ni ninguno que implique hacer ningún tipo de ejercicio, la verdad es que no llegué a considerarlo ni siquiera una opción. La cruda realidad es que lo tenía complicado, porque, salvo las opciones típicas, como leer, ver películas, visitar las redes sociales, etc., no había nada más que hacer… ¡Ostras! O tiraba de imaginación o mi auto-secuestro estaría abocado al fracaso antes siquiera de comenzar. Menos mal que un día vino la idea. Era realmente escuálida, poco atractiva y poco consistente, pero, dadas las circunstancias, era lo mejor que tenía hasta el momento. Aquel día, mirando las paredes de mi casa, aún desnudas tras haber pasado más de un año desde que nos mudamos a vivir allí, me vino la inspiración: ¡las decoraría! Empezaría revisando los cuadros de la otra casa, que aún permanecían envueltos en papel de burbujas y con los precintos de la empresa de mudanzas, y vería qué podía aprovechar. También se me ocurrió la idea de enmarcar fotos, fotos de mis viajes recientes con los niños. Habíamos estado en Granada en Semana Santa, y luego en la playa en julio, y la verdad es que teníamos fotos preciosas.

¿Qué podía ser mejor para escapar de mi soledad, que llenar mis paredes vacías con imágenes de aquellos a quién tanto iba a echar de menos? ¡Qué grandiosa idea! Ahora que lo pienso, no me extraña nada que, de aquella idea inicial, sólo resultaran dos pequeños marcos, uno con una foto de él y otro con una de ella. En fin, quedaron bonitos, pero estaba claro que el Universo quiso que diera ese pequeño rodeo antes de llegar hasta mi pasión escondida.

Mi idea fue enmarcar fotos de manera original. No valía ir a Ikea a comprar un montón de marcos sosos e iguales, porque, además, existía el peligro de una recaída en las compras compulsivas, así que esa tampoco podía considerarse una opción. Además, no quería poner a mis hijos en la pared de cualquier manera. Quería que fueran montajes originales o que llevaran algún tipo de efecto especial. Empecé con esas dos enmarcaciones, después de ver montones de videos en internet, y me parecieron tan bonitas, y me satisfizo tanto el trabajo realizado, que literalmente, y como se suele decir, me vine arriba, me crecí y mi imaginación, hasta entonces inexistente, empezó de repente a fluir.

Hice una pequeña y controlada excursión a la tienda, solamente para comprar algo de pintura y algunos materiales nuevos que iba a necesitar, porque se me había ocurrido pintar a mano algún fondo para los siguientes marcos. La siguiente foto que trabajé fue un selfie que tenía con mi prima. Reutilicé un marco de un cuadro viejo y, sobre la tabla de atrás, pinté apenas unas líneas en blanco sobre un fondo morado, y luego crucé unas cuerdas de un lado a otro del marco y colgué dos versiones de la misma foto, una en color y otra en blanco y negro. Estéticamente quedó muy bonito y, de alguna forma, creo que aquel primer trabajo comenzó a sacar las primeras emociones ocultas, aún sin nombre, pero materializadas en aquel collage. A mi prima le encantó el cuadro y, como no puede evitar poseer todo aquello que le gusta, me pidió que le hiciera uno para ella. Yo misma elegí las fotos que más me inspiraban. Una fue un retrato de ella sobre fondo negro con reflejos en plata y marco pintado a mano en tonos rojos, con burdo y mal hecho efecto envejecido, y la otra, un marco en tonos azul pastel y blanco, bastante mejor trabajado para conseguir el efecto envejecido, y foto de ella y su marido en Suiza rodeados de hermosas flores de color amarillo y rosa, sobre fondo de agua azul. Aquí lo que hice fue extender con pintura el color del agua al fondo del marco y pintar tímidas flores en los mismos tonos que los de la foto. La verdad es que, para ser lo primero que pintaba, me quedó realmente bonito. A mi prima le encantaron ambos cuadros y todavía hoy los tiene colgados en su casa.

Lo siguiente que hice fue sobre lienzo, fondo pintado y fotos de los niños conmigo colgadas sobre cuerda. Uno con él y otro con ella. Ambos muy emocionales y representativos de mi relación con cada uno de ellos. Estos siguen colgados sobre el cabecero de mi cama, porque les tengo verdadero cariño, pero los que realmente provocaron el cambio fueron los tuyos, Fran.

Tu madre, tu abuela y tus tías habían visto los que había hecho ya y no tardaron en pedirme que hiciera algunos con fotos tuyas. Hice 5 en total. Perfeccioné la técnica pegando las fotos sobre el lienzo con cola, incorporándolas a la pintura, y puedo decir que cada uno de ellos fue creado exclusivamente para la persona a la que iba destinado, lo cual tuvo como resultado que, además de la carga emocional que implicaba que estuvieras tú, a cada una de ellas le encantó el suyo y no se imaginaban como poseedoras de ninguno de los otros cuatro.

Por lo tanto, puedo decir, Fran, que me enseñaste a pintar del modo en que lo vengo haciendo desde que pinté tus cuadros, poniendo el alma y canalizando emociones, no solo las mías, sino también las de la persona para la que es cada obra. Por eso lloro cada vez que acabo un cuadro y lo firmo y, por eso, cada persona que tiene una obra mía la siente como algo verdaderamente suyo y exclusivo para ella.

Aún sigo trabajando y mejorando el proceso y voy a clases de pintura, disfrutando cada nueva obra que pinto y cada nueva mejora que consigo en mi técnica, pero sé que algún día no muy lejano, gente desconocida querrá que le pinte cuadros exclusivos para ellos, para desbloquear alguna emoción que necesiten liberar, para calmar su dolor, para plasmar momentos increíbles o paisajes que les hablen y les llenen de emociones increíbles. Y sé que serán obras que lucirán expuestas en sitios especiales, donde serán vistas a diario, con el único objetivo de reconfortar y hacer felices a quien las mire.

Te doy las gracias Fran, por haber formado parte de nuestra vida, por tu acto tan grande de generosidad, por tu amor, por tu grandeza espiritual, por ser, de alguna forma, el hijo de todas nosotras, por haber escuchado las palabras que te dije en silencio el día de tu cumpleaños, en nuestro último encuentro, mientras una lágrima serena y limpia se escapaba de tu ojo izquierdo, justo unos días antes de tu partida… Y, cómo no, te doy las gracias por haberme enseñado a pintar, porque de alguna forma sé que cada obra que pinto, lleva un poco de tu esencia, y por eso lloro cuando las acabo, para recordar aquella última lágrima, que salió de tu alma el día de nuestra despedida, como confirmación de que me habías escuchado desde el silencio, y de que sabías que yo comprendería algún día cuál era la razón de todo aquel sinsentido.

Las lágrimas que ahora mismo anegan mi rostro, apenas me dejan ver lo que escribo… La verdad es que no tengo mucho más que añadir, mi niño, salvo que estoy segura de que volveremos a encontrarnos, porque el espacio y el tiempo en realidad no existen, el amor es eterno y, como siempre dicen tu madre y tus tías, yo también te quiero hasta el infinito y más allá.

 

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